viernes, 7 de junio de 2013

Marco Fonz y Nono de Panópolis en un texto de Mauro Hernández Fuantos

Dibujo de Corina del Carmel



(Dos amigos ermitaños se encuentran de un milenio al otro)


(Nono de Panópolis siendo egipcio también es griego y todavía conoció parte de Asia menor. Sus dos grandes obras, las que llegaron a nosotros, son variantes de otras obras, de ideas de otros autores, Homero y San Juan. Marco Fonz para ser mexicano (me consta su preocupación por la aparente inexistencia de una poética mexicana) se comparte con Latinoamérica, ahora vive en Ecuador. Y no es la única vez en su vida que se ha repatriado. Esto para hablar de sus similitudes.)
(En este libro un Nono expectante (que también es nueve, que también es ermitaño, que también es abuelo, qué también es egipcio, griego, católico copto) se nutre del mundo, de la obra de otros, de él mismo para ser parte del tránsito del gozo/entre dios y hombre. Dispuesto a curtirse para dar su paso hacia el vórtice.)
(Marco, para enfrentarse a la parte de vacío que le tocó, funde la luz de su faro con la de otros eremitas: si algo le gusta es leer, luego el diálogo con sus textos. La crítica consciente después de la inconsciente; después de saborear los sueños, calibrarlos. Sabe bien que nada es nuevo, que todo ya estuvo aquí. El sol también se ha repetido pero nosotros no podemos ni siquiera comprobar que las montañas antes fueron éter.
¿Entonces qué queda? Tomar las partes que podamos comer las que gustan y las que no. Así la poética de las variaciones. Que al admitir la paráfrasis ratifica el diálogo.)

(Hombre, si me escuchas allá afuera
sigue el curso del clima
y come la carne cruda del poema.)

(¿Por qué este poema parece un hombre? Porque vive y dialoga; también llegará a morir. Puede ser uno de esos focos rotos por los otros más torpes; por los otros hombres de la edad que no ven y aplastan como un elefante soberbio.)
(Las grandes ideas, los grandes conocimientos ya están aquí y allá. No se trata de tomar un atajo y usar los caminos allanados. Para ir hacia adelante sólo hay que dejarse llevar. Entender a los maestros es ver la propia radiografía.)

(Si con los épicos reyes comenzamos
tal vez abandonar desde / ya/ la ciudad condal
y seguir la ruta invisible de las caravanas
y darle una buena mordida a la carne de la imaginación.)

(La confrontación de ideas es importante. Marco Fonz no le teme a discutir, a ser influenciado por otros:)

(Si sabes de lo que estoy hablando
retírate un poco más
y si no,
ven,
escuchemos atentamente
lo que nos tenemos que decir:)

(Pero a pocas personas les gusta repetir las cosas; a él no. Se debería entender: ya lo hicieron. Y no es un deber mejorarlo, hacerlo del modo contrario tampoco. Hacer, poiésis. Hacerlo a nuestro modo ¿Pero cuál modo es el nuestro, el individual? ¿”Yo es otro”, y poner un nuevo espejo paralelo? ¡No! mejor vamos hacia todos lados; también hacia dentro y no solamente a las rupturas y las contraposiciones. Para ser un creador imaginativo tenemos que engullir lo anterior. No romperlo ni tirarlo sino conocer, masticar feroces para poder digerirlo y, claro, en algún momento habrá que desechar.)
(El noveno arcano no indica que la iluminación esté próxima, sino todo lo contrario. La búsqueda del ermitaño está lejana y tiene que ver el mundo para estar satisfecho. Lo que desea es su propio río y no las alforjas de los otros viajantes. Porque hay quienes creen en la originalidad pero lo original para ellos es ser lo primero. “Sin venir de ninguna furia en particular/siembran flores con la mirada”. Y quieren engañar al lector con una mala asimilación de las vanguardias: “Nada pateo: no existes”. Así nos dice el poema Hombres de mi edad: (Pequeña biografía de hombres desconocidos).)
(Marco, a diferencia, aprovecha las luciérnagas que ha devorado y a demás es generoso y nos invita de su plato. En este libro se guía con todos sus amuletos. Aunque llega a la médula, sabe que es carne y es el río. Todo importa; ningún color está de más; no hay hologramas que jueguen a morder los tímpanos ni los párpados. Si las imágenes nos parecen herméticas será por llevar en las manos la arena de países distintos. Pero, aún sin todas las lecturas pertinentes, el mecanismo, el laberinto se disfruta. Lo aparentemente inconexo funciona. Como las adivinaciones del buen tarotista, son pronósticos tirados al inconsciente para llegar a pensar en infinitivo.)

(Si es así
una fogata hay que hacer para seguir el ejemplo de las luciérnagas eternas.
Un hombre las cazaba y las metía en su boca
y era un hombre alumbrado y cruel
pero en su momento dio vida.)






(Mauro Hernandez Fuantos)

domingo, 6 de enero de 2013

El rezo del mestizo/ poema de Marco Fonz/ texto de Santiago Vizcaíno

Un texto que escribió Santiago Vizcaíno para el poema El rezo del mestizo publicado por Entretejas Editorial, Comitán, Chiapas 2012. Rezo del mestizo o la experiencia del buen salvaje Por Santiago Vizcaíno Ya Antonio Cornejo Polar nos advertía del uso de categorías tomadas de otras ciencias para definir el complejo fenómeno cultural latinoamericano. Así, el término “mestizaje” ha funcionado como una metáfora para enmascarar los conflictivos espacios de convivencia de nuestras sociedades. Esa “mixtura de dos razas”, en su acepción más general, intenta armonizar un vasto y brutal proceso de colonización. Pero lo que se realiza, en el fondo, es un ejercicio de traducción: la lengua española designa “mestizo” o “híbrido” a un referente que se le pierde, como también dice fantástico o maravilloso. Cuando lo que debería interesar es el referente, que no admite metáforas. Un referente cuya particularidad esencial es la escisión está siempre basculando entre dos campos que a su vez se multiplican. En el caso del mestizo está, por un lado, su raíz española y, por otro, su raíz indígena. Digo primero su raíz española porque el proyecto de dominación ha empezado por allí: una necesidad casi obsesiva de ocultamiento de lo otro, es decir, de la parte indígena. El conflicto del mestizo ha sido de encubrimiento, y quizá dos de los mejores ejemplos son Guamán Poma de Ayala y el Inca Garcilaso. El arte en América Latina se preocupó más durante la primera mitad del siglo XX, y con justa razón, por mostrarnos el drama indígena, quizá tratando de lavar su propia culpa, es decir la de haber nacido mestizo. Porque el drama mayor del ser latinoamericano es un sentido de culpa gratuito, casi neonato, de no ser ni lo uno ni lo otro. Los que intentan juntar las dos esferas armoniosamente no son más que acomplejados optimistas. No es sino en la segunda mitad del siglo XX cuando el complejo mundo del mestizo empieza asimilarse dentro del arte, y en particular dentro de la literatura. Así nace, por ejemplo, el arte neobarroco que conceptualizarían Lezama y Sarduy y que en estas esferas sigue dando de qué hablar y de qué discutir. Y, por último, de qué escribir. Toda esta perorata histórico-cultural no me sirve más que para presentar un extenso poema que asimila, con gran virtud, este conflicto. Rezo del mestizo del mexicano Marco Fonz es una búsqueda de ese otro encubierto, o al menos un intento por atravesar el umbral del silencio. Cuando los misioneros llegaron a América para impostarnos esa religión de bárbaros que es el cristianismo, observaron que el rito tribual tenía como eje el rezo, a falta de mejor nombre, porque es un fenómeno a todas la culturas; Levis Strauss no va dejarme mentir. Entonces, habrán dicho rezo u oración o comunión con sus dioses desde sus propios referentes, es decir, los de la Iglesia Católica de finales de la Edad media. Así, ese ejercicio teológico propio del indígena se traduce como rezo. Y rezo del mestizo no será si no una doble metáfora, más bien un pleonasmo metafórico intraducible, porque ya es un compuesto de traducciones. Dice Jeremías Marquines, en el Prefacio de esta plaquette, que Rezo del mestizo “es un clamor de la orfandad ontológica”. En efecto, el yo poético de este poema participa de un ritual de iniciación, o más bien, de un ritual de renunciamiento: “Déjame entrar: /traigo aquí todo mi cuerpo. / Mis lágrimas son de cera para alumbrar la luz en donde somos sombras”. El referente que tenemos nosotros en la cultura andina es la ceremonia del ayahuasca, a la que acuden no pocos mestizos y no menos gringos alentados por William Burroughs. Pero de esa experiencia solo han llegado hasta mí poemas malísimos donde prima lo folclórico metafísico por sobre la transmisión, tamizada por lenguaje, de la experiencia misma. No es el caso, por supuesto de Rezo del mestizo, de Marco Fonz, donde su amplia experiencia poética le ha permitido concebir un texto que se teje en el umbral mismo del mestizaje, es decir en la delgada o invisible línea donde renunciamos al cuerpo concebido desde lo occidental para entrar en una zona desconocida, y hasta fundamentalista, donde el mestizo no es bien recibido: “Salí espantado del día / nadie dijo nada / solo miran mi cuerpo / que se arrastra con lástima”. En realidad el rezo del mestizo es una petición desesperada frente a la orfandad, pero no ha olvidado su raíz latina, es decir, la de recitar. Aun cuando la intención del ser está atravesada por una metafísica, el rezo mestizo usa al lenguaje como mecanismo de esa disolución del cuerpo: “Porque el olvido no hizo nada en mi recuerdo /todo aquí entre mis brazos lo guardo. /Junté mis manos así como la brasa /así como ellos junté mis pies /y vi naces de lo profundo de mi ombligo / un sol pequeño que hablaba”. Como en el cuento de Kafka, Ante la ley, el yo se encuentra a su vez frente a un consejo que parece supervisar el rito de iniciación: “Y el consejo se juntó / y veía aquello como maravilla / veía yo mismo como maravilla”. Rito, por lo demás, en que el mestizo se enfrenta con su racionalidad. Lo que le impide cruzar el umbral está, precisamente, arraigado en la conciencia de su cuerpo y su razón. En Rezo del mestizo hay un continuo debate ontológico, una búsqueda de comunión con aquella parte del ser -que se ha subyugado desde la racionalidad - y con ese otro desconocido: “Hablaba entonces y dije: Hermano. / Pero yo no lo era aunque quería”. A través de continuas alusiones a la liturgia maya, al Popol Vuh y al Chilam Balam de Chumayel, Marco Fonz hace de este texto una original oración de la experiencia trascendental del encuentro con la naturaleza: “Ve tú, Cinco Conejo. Dije entonces: / Ve tú, Tejón de Aire, acompáñalos. / Ve tú, Corazón de Hormiga. / Ve tú, Camino”. El yo poético habla con el agua, persigue el movimiento del río, olvida los temores de la muerte y el sexo mismo se mantiene contento. Porque ya no hay vergüenza de la carne. En ese sentido, es un proceso de animalización, es decir, de abandono de lo humano: “Traigo todo mi cuerpo: / la arena traigo para la piel del agua, / la lluvia traigo para el maíz, traigo el canto para el gallo. Traigo todo yo de mí”. En la ofrenda, el poema encuentra su mayor carga simbólica, quizá porque el yo se va despojando de los signos propios de la corporeidad racional. Así, el texto se encumbra en el instante en el que ser se inmola y la oración se eleva para manifestar la renuncia: “Aquí traigo mis pelos / mi señor de los desiertos / mi señor de los bosques / aquí traigo mis dientes / mi señor de los mares / mi señor del cielo /aquí traigo mis uñas / mi señor de la tierra / mi señor de la espera / aquí traigo mis huesos / mi señor de la luz pequeña / mi señor de la estrella /aquí traigo mi corazón / mi señor de lo rojo / mi señor del año / mi señor del esqueleto amor”. Sin embargo, no es solo renuncia, ofrenda, sino también encuentro, experiencia espiritual de completitud: “Aprendí a usar las piernas / a quemar la madera / a pulir los metales. / Aprendí”. Por eso quizá el texto decae en el tono y en el ritmo hacia el final, donde entrevemos la disolución, el cruce del umbral del mestizaje, y apenas asistimos a la nostalgia del cuerpo abandonado: “Vagando entonces el cuerpo anda / sin mí / sin consejo / solo por los terrenos /con el susto de hombre con el espanto de cara / va / a donde dolor aullado es / va / a donde sombra vacía es”. Rezo del mestizo es un texto que se sostiene, que logra sobrepasar la experiencia trascendental y producir una maquinaria textual cuyo valor simbólico reposa no en la comunión con lo indígena, sino en el conflicto del mestizo, en la metáfora del intermedio. El rezo, por ello, no es ni indio ni blanco, si que se encuentra en una zona arreferencial, imposible, por ello usa la poesía como mecanismo, porque el germen de la poesía es, sin duda, lo imposible.

domingo, 29 de julio de 2012

Casasses/ Dos poemas

América Que no, que no hay nada que hacer, somos hijos de América, hijos de la papa, hijos de la tomata, del médico santo enfermo que cura y mata la histeria triste y la tristeza histérica a fin de encender música hemisférica dos veces, para que llueva plata sobre el público de cada sonata, el mercurio vivo de la vida no genérica sino para mí la pura calma endémica, para ti la pura fuerza cenital, para él la inspiración esquizofrénica, mi gallito entero para ella aquí tal cual, para los demás la pena con sabor a arsénico en la punta de la lengua genital. Europa La santa ícona griega de los hijos eslavos del palestino crucificado, santa virgen itálica de los hijos normandos del palestino crucificado, me habeis horadado las manos y pies, me habeis horadado las muñecas y los tobillos, me han picado el pecho con un punzón... Ey, dios, ¿por qué te hiciste carne en mí, y carne de mujer? Yo no he matado nunca ningún indio, no he comprado ningún negro, las guerras africanas y cubanas y la del opio me han partido la vida por la mitad, me han echado a perder el vino, han enloquecido a mis perros, he padecido la sífilis, se me está muriendo la mujer, la mujer me mata, oh europa mía, santa heroína, labio partido, cuerpo lleno de moretones, me matarás, me matarás una vez más, y pasearé pasearé entre zarzales muertos de sed estas llagas y este agujero tuyo oh danza negra de los brasileños ay magdalena de los balcanes oh peste santa inmaculada por nacimiento y antes incluso y siempre más, por tantos días, bajo tantas nubes seré eslavo tu eslavo y tu eslavo.

domingo, 6 de mayo de 2012

Carlos Edmundo de Ory: No leer, peligro de vida

No leer, peligro de vida ¿Cómo nos comprometemos hoy? Teniendo coherencia. Nietzsche, El ocaso de los ídolos De un sospechoso Brillaba la luna. Le fue instintivo arrojar su cuerpo a la intemperie. Subiendo y bajando cerros. A veces, se agacha. En ocasiones desaparece. Árboles allí. Todo es penumbra en los matorrales. La noche siempre ha sido su escuela. Poder sentirse completamente solo, respirando aire puro. Había una garita a una cierta distancia. La tranquilidad fue violada por un disparo. ¡Alto ahí! ¿Quién va?... Caminar no de puntillas no es lo suyo. No tiene oídos para la salva. Ahora avanza hacia los confines, cuyos nexos vibran todos armoniosamente. Ni sintió la presencia del centinela. Con grandes gestos de loco se perdió en la noche. Extraños perfiles corrían a la zaga del fugitivo. Esfuerzo vano. Militares continúan al acecho. Ya se discute la procedencia y el presunto rumbo. Ya se toman precauciones. Tipos de la misma calaña acaso merodean. La línea está vigilada. Una red de soldados sobre la base de 24 horas por día, equipada de radares, telescopios, cámaras de perseguimiento, radioteléfonos portátiles y otros instrumentos. ¿Por qué no se le detuvo a tiempo? Severas instrucciones a la ronda. Cambios de consigna. Alguien dijo que era la sombra de un pájaro grande. En realidad ia bostezando. No llevaba pasaporte ni documento nacional de identidad. Nadie supo (el capitán tampoco) si se trataba de un sujeto peligroso. Hubiera podido ser gente bien. Un segador de una fiesta. ¡No! Hay alambradas a lo largo del puesto fronterizo. Atalayas. Siguen mirando todas las direcciones. Buscan terroristas. Miriadas de terroristas tránsfugas se esconden en el maquis. Son fabricados en hornos ocultos. De la palabra poeta Los burgueses tildan a los poetas de lunáticos. Es la mofa clásica. Sucesivamente, las recriminaciones toman forma de vocablos y epítetos en magistrales variantes. Abrimos un diccionario y leemos: poeta. m. El que hace versos. (¿Un simple versificador?) Buscamos después a verso, y nos encontramos con esto: Palabra o conjunto de palabras sujetas a cierta medida y cadencia (y lo contrario de prosa). Estamos entendidos. Aunque, de paso, echamos un ojo a la palabra poesía. Inútil saber la verdad. Cerramos el Casares y lo metemos en el frigorífico. Como la palabra latina poeta viene de poesis y deriva del griego poiein, se olvidó el significado exacto de la lejana etimología egea, que definió el poeta, la palabra poeta como siendo aquel que hace. Es decir, que crea o que cría. En suma: creador. Y esta peculiaridad del genus homo, convierte a uno en genius. Prodigio de prodigalidad. Se vio en su modelo el dilapidador de la grandeza y el gran destino. Tuvo su época en los tiempos románticos. Hoy ya se le ha llegado a desmitificar. Oí a un médico francés, el doctor Tomatis que pronunciaba una conferencia sobre la creatividad de los niños, y parando mientes en los artistas, dijo esto: “Nadie es genial. No existe ningún genio”. Explicó, a continuación, que hay solamente personas que sienten y otras personas capaces de traducir. La fuente, después de todo, reside en el universo. Captar ondas universales es lo que hacen algunos, y pueden recibirlas los demás. Tuvo un ejemplo divertido: “No hay que cometer el error que cometería un transistor que se golpease el pecho diciendo: “Soy Radio París”. Lo conduciríais en seguida al siquiatra...”. También somos, a veces, transistores de percepción. Pero hay que enchufar primero. De dos clases de tías Criaturas hambrientas, metidas en sus cuartos, con ganas de ulular como lobos. Así va la muchachada. Las versiones más grotescas asaltan a uno cuando piensa en su destino. Basta recordar, aunque sólo sea, aquel párrafo aleccionador que leímos un día: “Supongamos que alguien escribe un poema, esto es ser creativo en nuestro nivel. Instantáneamente una nube de langostas, tías y tíos, dice: “Si este niño se inclina por el trabajo creador, hay que destruirlo. Debemos poner fin a esta insensatez”. Si este niño tiene una tía buena que se da cuenta que ha hecho algo más que lo que comúnmente hace su familia, esta tía es preservadora”. Hasta el momento no se pudo saber si hubo excepciones a la regla. No quitan ojo de encima del perezoso vástago. Por miedo a las fugas cuando explota. Se va a los montes. Se va a la playa incluso en invierno. Se va. O si no es así, pues se queda todo el día en la cama. ¿Qué se ha creído? Como si tuviera en la frente el letrero que reza: Lo mío es el sagrado deber del ocio. Además, los libros que lee tienen las líneas irregulares. Debería levantarse y trabajar. He aquí que la tía hipotética interviene:-Algo estará gestándose en su espíritu. (Al oírla el muchacho sonríe con una ternura infinita.) se sienta en la cama, el rostro pálido, y murmura: “He leído en el diario de Emerson que cuando estaba en Saint Augustine se pasaba horas en la playa dándole a una naranja con un bastón de paseo”. (Van Wyck Brooks, Las opiniones de Oliver Allston). De Nazim Hikmet hace poco leí las cartas que escribió en la prisión, presentadas por Abidine Dino. Es, verdaderamente, un poeta universal. Luchó y amó como nadie. Era hijo de la libertad, aunque pasó media vida en la cárcel y en el exilio. Sufrió por su pueblo. Se inquietaba de continuo por los camaradas y todos los doloridos del mundo. La futura cosecha de jóvenes creadores era su preocupación diaria. Cartas desbordantes de generosidad. Tiene entre ceja y ceja el ideal del arte como una aventura colectiva. De ahí arranca su concepción poética. Su influencia es inmensa. Jóvenes turcos someten a su magisterio novelas y poemas. Con frecuencia se vuelca en vítores de entusiasmo, empleando el “elogio hiperbólico”, a guisa de “método pedagógico”. Se nos advierte, por otra parte, del hecho normal, al menos en Oriente, de “esta forma excesiva de estímulo”. A pesar de sus méritos, conlleva ciertos inconvenientes. A saber: la posibilidad de un mentís ulterior. Saltar de la alegría desmesurada a la visa del menor signo de talento, supone un optimismo increible. Ayudar y dar a conocer contra viento y marea a compañeros de prisión que crean, ese es su propósito. ¿Acaso la fraternidad apasionada no justifica “estas manifestaciones de indulgencia extrema”? Homenaje le sea rendido al idealista sincero y esperanzado. De mí Más allá de todo justiprecio, de toda crítica pedantesca, reconocemos la primacía de la complicidad. Un mismo impulso colectivo crea una normal fraternidad activa y coreuta de todo lo que entra en su juego. Por mor de la simpatía se llega a una concientización mayor de la urgencia real de uniones para la transformación meliorativa del mundo en el que estamos. No hay liderato ni tutor espiritual, sino el avalúo favorable de lo semejante en sus niveles constitutivos. No sólo damos crédito a la adolescentización del pensamiento, y a la lactancia del pensamiento, cuando obran plenamente, sino que nos oponemos a su desmadre. Jamás obstruir la marginación, bajo ningún pretexto. Sentirse hijos de la misma locura, realiza a maravilla el consensus omnium. Un tal egrégores irradia la simpatía recíproca de los participantes. ¿Qué decir de mí? Si no que fui lector sedente de algunos poetas ubicados en Barcelona, y que se reúnen en libro colectivo. Tengo que serlo, no ya sólo por deseo de ellos, mas por mi misma afición y búsqueda. Me presto a la tarea con evidente alegría. Ellos mi inspiran parábolas. Me acuerdo de mis veinte años, encerrado en mi cuarto escribiendo poemas que nadie leía. ¡Qué importaba eso! Si yo, en cambio, tenía oídos para escucharme a mí, rodeado de respetuoso silencio. De la sociedad jerarquizada Hace tiempo que aprendimos la elegancia de decir NO. Impedir que el statu quo cristalice nuestras substancias. De este modo creció en nosotros la cultura rebelde. Hasta el más cortés gesto de intimación fallaba en sus tentativas. Nos hacía recular la estrategia blanda de la mano sobre el hombro y los pellizcos en la mejilla. Mudos revelamos nuestra repugnancia hacia los bellos modos paternalistas. De ahí el abismo que nos separa de la Kultur oficial, dogmática y utilitarista. Combatir los ajustes y sujeciones perpetrados por los monopolios de la conciencia, nos condujo pronto a sumarnos a los rompefilas de la contracultura. En los grupos y movimientos de expresión libre, encontramos albergue y solaz. Y si los bajos fondos literarios nos infunden respeto es porque el delincuente artístico carece de existencia legal. Los que vivimos fantaseando “otra vida”, confesamos nuestro fervor al nexo de la Gran Negación, congregando entidades colectivas del orden de la emoción y de la sensibilidad. Una religio del “ser viviente”, en tanto que tal, el hombre por entero, frente al enigma, tras valores humanos que contradigan la ilusión de óptica de las realidades definidas. Lejos del teatro de la decadencia y de sus comediantes, prestamos oídos a todos los anuncios de un nuevo ethos. De la hegemonía cultural Se oye decir a menudo que la poesía no se vende. Lo afirman los propios editores que la prohijan. Y de ello se conduelen en presencia de los muchos solicitadores. Sin embargo, colecciones de poesía muestran sus pastas flamantes en las librerías. Normalmente, una profusión de analectas liquida sus stocks, gracias a la buena clientela. En el consumo cultural no sólo medra la planta antológica. Prudentemente apilados sobre anaqueles, docenas de ejemplares de autor consagrado, ven disminuir su volumen. Así, los víveres que-no-se-venden abren el apetito incomprensiblemente. No necesitan del “boom” prefabricado. Los mass media garantizan. Todos los premionobel son alucinógenos de la cultura oficial. El último laureado, antes ignoto, se convierte en sabroso mordisco, aunque en sus años oscuros haya sido friegaplatos. De súbito, tenemos “best-sellers” de poesía. En el otro extremo, fuera ya del circuito comercial y de la crítica beata, se encuentran los parias literarios. La inmensa mayoría jóvenes. Esta especie desconocida por anónima, un buen día, se echa a la calle por su cuenta y riesgo. Sacan sus libros después de rascarse el bolsillo. De los parias creativos Su combatividad resuelve, tarde o temprano, las ansias de vuelo. Se hacen visibles, sin rebozo. Brotan desde la niebla de los bajos fondos creadores. Es ahí donde pulula la raza maldita de la sensibilidad. Tan sólo unos pocos explotan en libre albedrío de vida, lanzándose a la intemperie. Aquellos que restan callados en sus guaridas, tampoco sucumben a la somnolencia. Al contrario, sus brutales silencios arropan actividades secretas. Licenciados voluntarios de a sociedad alienante, consagran sus horas a las visiones. Su soledad -morbo o droga- está poblada de infiernos y de paraísos personales. Son los espacios inviolados donde poder sufrir o gozar a gusto sin testigos. Individuos aislados, la fuerza de sus obsesiones les apartó de la grey. Sucer la substantifique moell. Angustias, nostalgias, complejos de Alicia, acaban configurando un orbe auténtico. Sangre y ninfas invertidas en hecho oculto. Ni tan siquiera se dan cuenta de la levadura que secretan. Con verdad pudo decir de ellos Nathalie Sarraute, que sus obras apuntan a un porvenir de emancipación y progreso. Porque estos productivos solitarios “buscan liberarse de todo lo que es impuesto, convencional y muerto, para orientarse hacia lo que es libre, sincero y vivo” (L' Ère du soupçon). ¿Cómo localizarlos en las urbes moribundas a fin de compartir con ellos lágrimas y risas? Carlos Edmundo de Ory Amiens, octubre de 1978

viernes, 4 de mayo de 2012

Del blog de Iliana Vargas sobre Guadalupe Dueñas: Para no perder el nombre

Para no perder el nombre: Guadalupe Dueñas El siguiente texto es una presentación que debía publicarse en una plaquette/homenaje a Guadalupe Dueñas; sin embargo, por no cumplir con los tonos institucionales, no se incluyó. Comparto también un breve texto que en su momento apareció publicado en la Revista de Bellas Artes, en el que, de manera soslayada pero ácida, la autora hace una reflexión crítica y atinada sobre el entreguismo de ciertos escritores. Guadalupe Dueñas fue narradora, guionista de telenovelas, ensayista y colaboradora de algunas revistas literarias, particularmente de Ábside, la primera en publicar uno de los textos que conformaría, en 1954, Las ratas y otros cuentos, plaquette con la que se daría a conocer como narradora de una visión muy particular, “extraña” para la mayoría de sus contemporáneos. A partir de ese momento, Guadalupe Dueñas empezó a vislumbrar un universo poco explorado por otros escritores de la literatura mexicana contemporánea, específicamente de mediados del siglo XX: los temas tratados por esta autora abrevan del humor negro, la ironía, la crítica incisiva, el horror y elementos muy particulares de la literatura fantástica, sobre todo, la trasgresión de lo sobrenatural a través de animales o personajes con los que se convive a diario pero que no suelen tenerse en cuenta o a la vista. Dueñas construyó su propio panorama creativo a la par de otros proyectos curiosamente relacionados con la labor literaria: bajo la producción de Ernesto Alonso, realizó cerca de 50 guiones para telenovelas; entre las consideradas de “mayor rating” se encuentran Leyendas de México (1968); Carlota y Maximiliano (1965); La máscara del ángel (1964); y Las momias de Guanajuato (1962), esta última basada en el cuento “Guía de la muerte” de la propia Guadalupe Dueñas y en cuya adaptación trabajó a lado de Inés Arredondo, Vicente Leñero y Miguel Sabido como co-guionistas. “Guía de la muerte” había sido publicado en 1958 como parte de Tiene la noche un árbol, con el cual obtuvo el Premio José María Vigil 1959. Poco después, entre 1961 y 1962, fue becaria del Centro Mexicano de Escritores; sin embargo, transcurrieron catorce años para que apareciera su siguiente libro, No moriré del todo (1972), en el que los tonos irónicos y la atracción por lo insólito, lo terrible y una introspección angustiante determinaron la voz narrativa de la autora. Esta fuerza en su escritura se vio enriquecida años después por la explotación de lo atmosférico en los cuentos que conformarían su último libro publicado, esta vez casi veinte años después que el anterior, y en cuyo título se adivina una sentencia: Antes del silencio, donde se hace presente más que en los libros anteriores, el espíritu lírico de Guadalupe Dueñas trasladado a una prosa pululante de imágenes oníricas, apariciones, juegos en donde es difícil determinar el umbral que se cierra cuando el sueño acaba. Además de su obra narrativa, Guadalupe Dueñas escribió una serie de breves ensayos dedicados a diversos personajes de la vida cultural en México. Se trata del libro Imaginaciones, que, como el título afirma, es eso, un ejercicio a la manera de Vidas imaginarias de Marcel Schowb, en este caso basado en algunos rasgos característicos de autores que interesaban a Dueñas. La única antología en la que participó fue Pasos en la escalera. La extraña visita. Girándula, un libro colectivo publicado por Porrúa en 1972, donde se proponía el desarrollo de tres cuentos con los mismos títulos por parte de las autoras incluidas: Carmen Andrade, Beatriz Castillo, Guadalupe Dueñas, Margarita López Portillo, Mercedes Manero, Ángeles Mendieta y Ester Ortuño, cuyos textos iban acompañados de dibujos originales de Elvira Gascón. El material que se reúne en esta plaquette sirva para conocer, de manera somera, el espíritu de esta narradora de lo fantástico que, tras diez años de su muerte, nos visita con la intención de recordarnos que la literatura mexicana tiene una identidad que está más allá de los elogios y la condescendencia entre escritores, de las cuestiones de género, de las imposiciones de estilos que están a la moda: la literatura mexicana contemporánea tiene algunos autores que han escapado de la farándula para preocuparse por escribir. Yo vendí mi nombre | Guadalupe Dueñas Como algunos venden su alma y otros venden su cuerpo y otros más su sombra y hay quienes venden pájaros, yo vendí mi nombre. Consta de cinco letras. Es un nombre pequeño y un apellido muy largo, que en tiempo no remoto, alcanzó fama y pudo cotizarse como alta moneda. Apareció junto a plumas reconocidas y estuvo precedido por títulos de sabios y pro-hombres. El misterio de su ampulosidad no viene a cuento. Baste saber que conservo en oro sus iniciales y que existen aulas y bibliotecas bautizadas con mi nombre. Grabado estuvo en universidades, y no faltaron editores que lo adoptaron por bandera izándola en las cúpulas. Otros muchos esculpiéronle en muros y portadas. Entretejían las mayúsculas con hilos de plata y sombreaban las vocales con acerinas y esmalte. Convirtióse en símbolo, en aleluya, en buen agüero, en triunfo y en sonido glorioso. En ese entonces, periódicos y revistas nacionales y extranjeras, se atropellaban por consignarlo, por encabezar sus columnas con los augustos rasgos de mi pertenencia. Los lectores enrojecían de emoción al hallarlo en enciclopedias, en semblanzas, en biografías y en números antológicos destinados a la eternidad, y aun en reseñas de modas. El mundo lo alquilaba sin reparar en el precio. Avanzó en popularidad como los mitos que la credulidad agranda. Adorno fue de la palabra; labios encumbrados lo envidiaban, hasta que un día, un desdichado día, empezó a apagarse con la prisa de las luciérnagas que dejan en sombra el paraje de la noche más obscura. Restos de su gloria quedaron atrapados en artículos de segunda. Revistas no informadas retuvieron los jirones alfabéticos, los caracteres degradados, las letras que al transcurrir del tiempo perdían equilibrio como los epitafios de las tumbas olvidadas por los deudos. Las vocales disparáronse a manera de luces pirotécnicas. Fue el comienzo de una tortura mortal. La mengua reducía el nombre cada vez más y más. Aparecía distorsionado o con letrilla microscópica del todo indistinguible. Nadie exigía las bélicas mayúsculas de trazo gótico, nadie extrañaba las alas de cuervo que rubricaron el nombre caído en desdicha, sucio de polvo como corcel abatido y sin dueño. La adversidad propició el desacato de escribir las iniciales cuando se habla del D.F. Los letreros fueron empalideciendo. Las publicaciones que ostentaron escandalosos ribetes con gualdas, suprimieron las gárgolas y los arabescos hasta que las consonantes danzaron derrengadas y sonámbulas. Con frecuencia fallaban letras o aparecían tan borrosas como si un designio infernal se anticipara a su cancelación. El calvario se agrava. Ahora, antes de que amanezca, me dirijo anhelante al primer puesto, al vendedor más cercano, al gacetillero, al pepenador de desechos, para revisar meticulosamente cada publicación y comprobar si aún figura mi nombre aunque sea en el directorio; con mano temblorosa y ávida, abro las páginas, los dedos se me hacen huéspedes, con esfuerzo olvido el llanto que me causa ver en algún rincón mi nombre de pila o la inicial perdida del apelativo que ya nadie reconoce. Confidencias afanosas o malignas me hacen saber que las directivas tratan el conflicto de suprimir el nombre que se les ha quedado fijo como una alcayata. Sé que quienes votan por el aniquilamiento, encuentran tibia persistencia en románticos añorantes de la firma que no tienen valor para desterrar de su paginario. Un pudor no exento de amargura me hace cavilar en la manera de liberarlos a todos de la pesantez del nombre cuyas letras cadavéricas encenizan sus revistas. He llegado a sentir agradecimiento cuando alguien lo suprime sin ceremonias. Insoportable es irse muriendo a pedazos, mejor dicho a letras; un puntillo hoy y un acento mañana; ahora el rasgo de la T no aparece; más adelante el diéresis y luego la R y la M y aun la Y, que es tan poco socorrida en nuestro idioma. Lo capto todo. La fisura de mis tímpanos recoge las murmuraciones y a pesar de núbiles cataratas que entresolan mis pupilas, adivino el desdén y las muecas de repudio. Con las yemas de mis dedos palpo negativas y razones. En la rajadura de mis labios y en mi lengua reseca sopla el aire salado que dispersa mi nombre. Padezco comentarios y juicios sin poder darme a la fuga. “Dicen que ya no escribe, que está ciega”. ¡Bah! –“Estar ciego es estar muerto”. Se desentienden de mi presencia. A veces rampo, me agazapo, ruedo, me deslizo, hasta las redacciones donde otrora pidieron de rodillas mi colaboración eterna. Los amigos de antaño ya no me conocen. Han ensordecido en el ruido de nueces de los manejadores de frases. Un terror supersticioso me invade, un terror ajeno a vanidades y a esperanzas: la certidumbre de que en cuanto la última letra se esfume y el punto final se diluya sobre el papel como una lágrima, mi vida, frágil e inútil vida, será un renglón en blanco como el de los presuntuosos de ayer que ignoran su anonimato, aunque su engreimiento es sólo corrupción aprisionada en una fosa.

jueves, 15 de marzo de 2012

Sergio Pitol/ Sus buenos raros

Los raros
de Sergio Pitol Demeneghi, el Lunes, 14 de marzo de 2011 a la(s) 13:01 ·


También los raros. Los "raros", como los nombró Darío, o "excéntricos", como son ahora conocidos, aparecen en la literatura como una planta resplandeciente en las tierras baldías o un discurso provocador, disparatado y rebosante de alegría en medio de una cena desabrida y una conversación desganada. Los libros de los "raros" son imprescindibles, gracias a ellos, a su valentía de acometer retos difíciles que los escritores normales nunca se atreverían. Son los pocos autores que hacen de la escritura una celebración.

Sus colegas, los más ceñudos, los más virulentos, los que conciben que el mayor prestigio de una obra se mide por las tantas medallas que los poderosos hayan puesto en sus pechos, jamás podrán verlos con buenos ojos. Es más, los detestan. Cuando en alguna ocasión oyen o leen un elogio sobre ellos se descomponen, utilizan un lenguaje cuartelario, injurioso y procaz que no se concilia con su ordinaria dignidad. Los ademanes, gestos y sonrisas con que por lo general administran cuando se mueven en sus salones se transforman en muecas monstruosas. Al grado que algunos hayan sido transportados a un hospital, o a una clínica psiquiátrica, y aun allí, atados en un lecho, con voz sofocada, se las componen para informarle al doctor o a las enfermeras de que aquellos que pasan por escritores y a quienes califican de excéntricos eran sólo unos seres chapuceros, simuladores y embusteros, hasta que, agotados, hacen una tregua procurada por unas pastillas de varios colores o una inyección intravenosa, y al despertar del sedante, con voz baja, fatigada, mortecina, continúan su diatriba, justificando que su cólera no la dirigía tanto a esos mamarrachos petulantes y farsantes, que no son nada, como a los editores que publicaban esa escoria, o a los críticos de los suplementos y revistas culturales que los rodeaban de una publicidad nefasta y, sobre todo, a los lectores que se dejaban manipular por los anteriores como meras marionetas.

El tiempo, como siempre, se encarga de ordenarlo todo. Seguramente debe de haber existido excéntricos que creyeran ser escritores geniales cuando sólo fueron pobres grafómanos sin cultura, imaginación, intuición lingüística, o simplemente mentecatos y hasta dementes. No pasarían a la historia, y nadie los reivindicaría. En cambio los sobrevivientes se convertían en clásicos, sin enemigos, se transformaban en personas respetables. Pero los que están vivos y comienzan a ser conocidos chocarán con un pelotón de fiscales e inquisidores.

Yo adoro a los excéntricos. Los he detectado desde la adolescencia y desde entonces son mis compañeros. Hay algunas literaturas en donde abundan: la inglesa, la irlandesa, la rusa, la polaca, también la hispanoamericana. En sus novelas todos los protagonistas son excéntricos como lo son sus autores. Laurence Sterne, William Beckford, Jonathan Swift, Nicolai Gogol, Tomasso Landolfi, Carlo Emilio Gadda, Witold Gombrowicz, Bruno Schulz, Stanislaw Witkiewicz, Franz Kafka, Ronald Firbank, Samuel Beckett, Ramón del Valle-Inclán, Virgilio Piñera, Thomas Bernhard, Augusto Monterroso, Flann OņBrien, Raymond Roussel, Marcel Schwob, Mario Bellatin, César Aira, Enrique Vila-Matas son excéntricos ejemplares, como todos y cada uno de los personajes que habitan sus libros, y por ende las historias son diferentes de las de los demás. Hay autores que sin ser del todo "raros" enriquecieron su obra por la participación de un abundante elenco de personajes excéntricos: bufonescos o trágicos, demoníacos o angelicales, geniales o imbéciles, al fin y al cabo casi siempre todos "inocentes".

Los "raros" y familias anexas terminan por liberarse de las inconveniencias del entorno. La vulgaridad, la torpeza, los caprichos de la moda, las exigencias del Poder y las masas no los tocan, o al menos no demasiado y de cualquier manera no les importa. La visión del mundo es diferente a la de todos; la parodia es por lo general su forma de escritura. La especie no se caracteriza sólo por actitudes de negación, sino que sus miembros han desarrollado cualidades notables, conocen amplísimas zonas del saber y las organizan de manera extremadamente original. Hay un abismo entre el escritor excéntrico y el vanguardista. Existe una diferencia notable entre la obra de Tristan Tzara, Filippo Marinetti y André Breton y los relatos de Gogol, Bruno Schulz y César Aira, por ejemplo. Las primeras tres son de vanguardia, las segundas corresponden a una literatura muy novedosa en su tiempo por su rareza. El vanguardista forma grupo, lucha por desbancar del canon a los escritores que le precedieron por considerar que sus procedimientos literarios y el manejo del lenguaje son ya obsoletos, y que su obra, la de ellos, dadaístas, futuristas, expresionistas, surrealistas, es la única y verdaderamente válida. Consideran que el paso adelante ha iluminado la escritura de su idioma, o aun fuera de las fronteras, depurando al canon de los autores que ellos desdeñan. Racionalizan, discrepan, crean teorías, firman manifiestos, emprenden combates con la literatura del pasado y también con la contemporánea que no se acerque a la suya. Por lo general eso no les sucede a los excéntricos. Ellos no se proponen programas ni estrategias, y en cambio son reacios a formar grupúsculos. Están dispersos en el universo casi siempre sin siquiera conocerse. Es de nuevo un grupo sin grupo. Escriben de la única manera que les exige su instinto. El canon no les estorba ni tratan de transformarlo. Su mundo es único, y de ahí que la forma y el tema sean diferentes. Las vanguardias tienden a ser ásperas, severas, moralistas; pueden proclamar el desorden, pero al mismo tiempo convierten ese desorden en algo programático. Les encantan los juicios; son fiscales; expulsar de cuando en cuando a un miembro es considerado como un triunfo. Excluyen el placer. Al combatir contra el pasado o a un presente que repelen su escritura se carga de pésimos humores. En cambio, la escritura de un excéntrico casi siempre está bendecida por el humor, aunque sea negro.

Algunos de los raros han conocido en vida fama, gloria, homenajes, premios, todas las variantes del prestigio, al final de sus vidas; otros no conocieron nada de eso, pero aun después de morir han dejado una pequeña grey disuelta en el mundo, que le seguirá siendo fiel y que tal vez sea feliz de saberse tan pocos para reverenciar a aquella deidad casi desconocida. En fin, un escritor excéntrico es capaz de marcarle la vida de varias maneras a los lectores para quienes, casi sin darse cuenta, definitivamente escribía.


De El mago de Viena, Editorial Pre-textos,
col. Narrativa contemporánea

viernes, 9 de marzo de 2012

Hart Crane/ Un poema




Proemio

Al puente de Brooklyn


Cuando el amanecer fallece, nos queda solo un escalofrío
Y el ala de la gaviota emerge y se inclina
Vertiendo anillos blancos de tumulto, construyendo en la altura
Sobre la bahía encadenada donde mora la Libertad.

Como una curva inviolada que abandona nuestros ojos
Como aparentes velas de los veleros que pasan
Algunos comentan que son imágenes que deben ser guardadas
Hasta que, de nuevo, los elevadores nos oculten nuestro día…

Yo pienso en cinemas, en trucajes panorámicos
En multitudes reunidas para ciertas escenas relucientes
Nunca develadas, pero aceleradas de nuevo
Profetizando a otros ojos la misma escena;

Y Usted, por el puerto, con pasos dorados
Como si el sol midiera sus pasos,
Cierto movimiento, siempre inacabado, de vuestro caminar
¡Implícitamente demostrando la libertad de seguir siendo Usted!


Hart Crane

jueves, 23 de febrero de 2012

Iván Oñate en San Luis Potosi, México Conferencia




Conferencia de Iván Oñate/ Poeta
San Luis Potosí, México.

Desde la salvaje lengua del lenguaje, sueño que tuvo alguna vez la boca, se escuchará el brillo en las tierras de San Luis Potosí a través de la voz y presencia del poeta Iván Oñate, quien dictará una conferencia sobre Civilización y barbarie en la literatura latinoamericana. El encuentro de ambas naturalezas del ser humano será el viernes 24 de febrero del presente año a las 11:00 hrs. en el auditorio de la coordinación de ciencias sociales y humanidades de la UASLP.
Será prodigio y grato el ver y conocer en persona a tan querido poeta y escuchar desde su espíritu la historia de la tribu latinoamericana para compartir visiones y fuegos sagrados, ciudades vanguardistas o chozas exóticas en las páginas del imaginario de los poemas o novelas de nuestro continente.
El autor de los poemarios: La nada sagrada, El país de las tinieblas y su reciente título: Cuando morí (en el pabellón de incurables), publicado por Ediciones sin Nombre y que será presentado en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería el próximo 3 de marzo, nos hablará de esas dos vías extrañas y comunes que son la barbarie y la civilización: qué tanto tenemos todavía de una y de otra y qué nos hace creer que dejamos de ser bárbaros y que ahora somos civilizados.
La literatura latinoamericana es ahora más que en otros tiempos la que da un giro importantísimo y la que ofrece un imaginario tan profundo que, desde hace unos años ha nutrido de forma casi total a la llamada literatura mundial.
En el poeta Iván Oñate tenemos un excelente ejemplo de lo que la poesía latinoamericana ofrece como uno de sus mejores representantes. Oñate pertenece a una generación de poetas que comparten el resurgimiento y fortalecimiento de la poesía ecuatoriana, y felizmente de la latinoamericana y mundial.

lunes, 28 de noviembre de 2011

¿Por qué una MesAlterada? por Iliana vargas





Resulta que un día estábamos platicando sobre la manera en que los mexicanos somos tan dados a recibir, muy amablemente, lo que se produce en el extranjero: alimentos, ropa, accesorios de uso cotidiano como ipods y computadoras, películas, música, exposiciones, literatura, etcétera. Por supuesto no es nuestra intención dejar de consumir lo que nos guste de todo ello y mucho menos hacernos una capa con la bandera mexicana y enarbolarnos el cuerpo de nacionalismos férreos. En realidad lo que ocurrió fue que nos preguntamos: ¿Y la producción mexicana, a dónde llega, quién la compra, quién la pide, quién la necesita?
Particularmente en las cuestiones literarias –que son nuestras prioridades puesto que a ellas nos dedicamos en tanto que creadores, lectores, investigadores y difusores– nos preguntamos: ¿A quién influye o ha influenciado un autor, una corriente, un movimiento, una propuesta literaria mexicana en el extranjero? Porque una cosa es, nos respondimos, que algunos escritores extranjeros mencionen en algún prólogo, artículo o entrevista a Octavio Paz, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Amado Nervo y Sor Juana; pero de ahí a que alguien haya aceptado alguna vez que ha leído, no un poema o una novela de los autores mexicanos “más reconocidos”, sino por lo menos la mayor parte de su obra y que ello les haya influenciado de alguna manera en su trabajo creativo, no tenemos noticias o registros.
Y curiosamente, los escritores mexicanos no se cansan de enlistar a los extranjeros de distintos países, épocas y corrientes literarias. A ellos les dedican estudios académicos, ensayos, artículos, reseñas e incluso hacen traducciones de su obra. Aquí es donde cabe volverse a preguntar: ¿y de los mexicanos, cuándo, cómo, en dónde, quién, se ha afanado de la misma manera? Por supuesto que ha habido encuentros internacionales de poesía; intercambios promocionales/literarios en el sentido de “yo te publico y tú me publicas en mi revista o en una antología”; ferias de libro en el extranjero donde se dan a conocer las “novedades literarias de los autores más renombrados en México”; pero, un diálogo verdadero, a fondo, creemos que no se ha dado.
¿Y por qué?, nos volvemos a preguntar. Pues porque, para empezar, quizá los escritores y estudiosos extranjeros no encuentran en México una “oferta” literaria que valga la pena de estudiarse, no se diga ya leerse, lo cual no debería sorprendernos si tomamos en cuenta que nuestro país –tal vez sin que lo notemos de manera consciente– se ha forjado a partir del reciclaje y de la reproducción de modelos económicos, políticos, culturales y artísticos de otros países.
Esto no tendría que ser terrible si hubiera una retroalimentación equilibrada de lo que se importa y se exporta, esto es, que así como en México el mercado editorial está abierto a autores y editoriales extranjeras, ocurriera un exacto visceversa. El problema es, y volvemos a la literatura, que la poesía y la narrativa mexicana (por mencionar sólo los géneros más “populares”) se han impregnado tanto de influencias extranjeras, que hasta el día de hoy no se ha registrado una propuesta estética literaria lo suficientemente fuerte, capaz de ser un referente más allá de las visiones circunstanciales –todo aquello que testimonia un momento histórico/social específico–; institucionales –todo aquello que se enlista en alguna de las nóminas de los grupos que se distribuyen el poder y los erarios públicos–; mediáticas –todo aquello que se muestra como “lo más representativo de México a nivel internacional” y alternativas –todo aquello que se produce de manera autogestiva y se distribuye de mano en mano, en el mercado underground o en donde se les permite previo acuerdo. En este caso la producción literaria es, en cantidad, igual o mayor a la institucionalizada, pero en ocasiones se vuelve repetitiva en el afán de dejar en claro su marginalidad, y difícilmente plantea una propuesta estética concreta.
Entonces, volvimos a preguntarnos, ¿qué ha pasado con los creadores de la literatura mexicana; por qué en la historia literaria hay un punto de fuga en el que los movimientos que trataban de surgir y plantear alguna estrategia esquemática distinta en el siglo XX no lograron tomar fuerza y cimentarse (pero no para instituirse permanentemente, sino para dar paso a su natural transformarción/ derivación/ oposición); por qué, cuando la década de los setenta parecía ir marcando un buen camino en cuanto a pluralidad de propuestas estéticas en diversas disciplinas artísticas, de pronto hubo un tope, una especie de pausa, como un cohete que se arrepiente de culminar en explosión (como si alguien se hubiera dado cuenta de que la pluralidad es muy difícil de controlar y más vale jalar la cuerda y engavetar bajo llave todo lo relativo al concepto propositivo)? ¿Por qué seguir permitiendo que se avale la homogeneización, los métodos y modos a seguir, los cánones oficiales, el reciclaje?
Marco ya había planteado, en dos textos, gran parte de estas cuestiones (“Por una poesía evolucionaria” http://elojollenodedientes.blogspot.com/2011/03/por-una-poesia-evolucionaria.html
y “Poética de la inconexión” http://elojollenodedientes.blogspot.com/2011/08/poetica-de-la-inconexion.html); sin embargo, quienes se interesaron por el tema y lo apoyaron diciendo que había que escribir y platicar mucho sobre ello, nos fueron dando pauta para que esta mesa surgiera, pues una de las opiniones constantes era: “el problema con los escritores y estudiosos es que no se dejan cuestionar, o se niegan a responder”.
Y tantas preguntas no pueden contestarse entre dos personas que comparten experiencias, críticas y visiones al respecto. Por ello decidimos abrir un diálogo con creadores, investigadores y comunicadores que tienen en común la diversidad de sus perspectivas. Y aceptamos la iniciativa de uno de ellos, Ángel Carlos, de que la discusión y el cuestionamiento se hiciera en la mesa de la casa, de forma tan natural como estábamos discutiendo sobre varios temas aquella tarde, pues no sería necesario un mantel de paño verde ni un señalador con nuestros nombres y mucho menos estar sobre un estrado para hablar, preguntar, escuchar, encontrar puntos en común y divergencias; proponer.
Finalmente, ¿por qué Alterada? No es que estemos planeando discutir a tal punto que todo derive en una gran pelea argumentativa. No. Lo que queremos es darle su lugar a la alteración en el sentido de búsqueda de un diálogo libre de prejuicios, inteligente, sin agresiones pero capaz de defender sus puntos de vista sin temor a ser reprimido.
Alterada, porque es necesario dar un salto de página y alterar, en el sentido creativo, crítico y de estudio, a la literatura mexicana y a todo el aparato que la rodea y de distintas maneras la manipula.

martes, 15 de noviembre de 2011

Carlos Edmundo de Ory un diálogo peregrino




Un diálogo peregrino


Para Laura Lachéroy de Ory


Tomados del brazo, caminamos por entre las tumbas del cementerio de La Madeleine. Después de visitar la tumba de Julio Verne, que en ese momento hervía de flores. Carlos comentó que era extraño, que nunca habían sacado una foto en esas circunstancias. Carlos Edmundo de Ory era un hombre que gustaba de los mágicos rituales mágicos y uno de ellos era llevar a sus invitados a tomarles una foto, junto a él y Laura, en la tumba del viejo Verne. Caminamos y continuaba el diálogo del día anterior, diálogo lúdico y lleno de misterio y de sonrisas. Sonreír era el otro gusto del poeta. Jugar, platicar, mostrar lo invisible. Preguntaba, todo el tiempo preguntaba, interesado en todos los temas posibles. Compartía, otro gusto de Ory, compartir.
Si me imagino de lleno a un poeta humano, humanamente humano, vendría a mi imaginación la figura luminosa de Carlos Edmundo de Ory. No gustaba de los premios, ni de las entrevistas y tampoco de los homenajes, aunque asistió a alguno. Le gustaba querer pero no gustaba de los huecos aduladores o fanáticos de su persona u obra. Se alejaba del mundo para querer al mundo y para crear sus mundos y ofrecerlos cálidamente.
Creador de uno de los “ismos” más extraños y controvertidos de los últimos que surgieron en Europa y el menos difundido. El Postismo. El movimiento postista llegó a México en el año del 2008, en una coedición de Editorial Andrógino y Ediciones sin nombre. Carlos recibió emocionado el libro La mano en la espalda, que reúne los cuatro manifiestos postistas. El primero de ellos se publicó en Madrid en 1945. Año del lanzamiento del Postismo.
La relación de Ory con México siempre estuvo presente: “Pues, yo mismo, Carlos, sé mucho de México y su poesía desde mi niñez gracias a mi padre Eduardo de Ory. Cuando estuvisteis en casa, "el otro día", no se me ocurrió poner ante vuestros ojos el precioso libro de oro de mi padre, edición de M. Aguilar, Madrid 1936, titulado como tenía que ser ANTOLOGÍA DE LA POESÍA MEXICANA. Por orden alfabético desde Acuña (Manuel) n.1849, hasta Zayas Enrique (Rafael) n. 1848. La dedicatoria dice: "A la memoria del inmortal poeta AMADO NERVO mi inolvidable y gran amigo.
E de Ory"”
Efraín Huerta y Octavio Paz, enviaban sus libros a Carlos. Él gustaba más de la poesía de Efraín Huerta. Para mí fue muy grato encontrar en la biblioteca de Huerta cuatro libros de Ory dedicados al poeta mexicano, con esa forma tan llena de colores y de figuras que tenía costumbre hacer en la portadilla de sus libros dedicados. Otros poetas mexicanos que conocía Ory eran: Pedro Damián, Víctor Monjarás, Mario Santiago Papasquiaro. Incluyendo el gusto por la poesía de Roberto Bolaño y de Bruno Montané, que vivieron un tiempo en México. Gran lector de poesía, recomendaba leer un poemario no como se revisa un almanaque, sino había que practicar el brinco de poema a poema, en diferentes días y a distintas horas. Leer uno o dos, cerrar el libro, acomodar el poema en el espíritu y después volver al poemario, abrirlo y dejarse llevar por la luz o la oscuridad del poema en turno. Y así hasta concluirlo en algún momento.
Cuando lo busqué en su casa de Thézy, él estaba solo y abrió la pequeña ventana de su puerta, y después de identificarnos, comentó: que era, yo, más inteligente que los gaditanos. Por haber dado con él, con Laura y la dirección de su casa sólo siguiendo la intuición y los mapas cósmicos de los vasos comunicantes. Le observé sentado en su sillón y comenté que al verle tenía unas ganas inmensas de llorar de gusto y él me dijo que: “si Homero no censuraba a los hombres que lloran tampoco él lo haría” después me pidió que leyera uno de mis poemas. Le gustó. Después me bautizó como un: extriste o como el ogro inteligente. Palabras, era un excelente malabarista de palabras e imágenes. Y como Byron un gran coleccionista de palabras y también de caballos, juguetes y otros objetos de magia o de arte.
No podría elegir a uno de sus libros como favorito. Todos me hablan, todos me seducen de forma distinta. Sus cuentos, poemas, ensayos, todo tiene ese algo especial de lo magnífico. Pero existe algo muy particular y casi embrujante, en sus diarios. Sus diarios son poesía pura de donde nace la vida y la muerte. Tal belleza sólo puede pertenecer al jardín de un genio. Y lo digo con la certeza y seguridad de que es verdad. Un genio humilde. Sus diarios, que detalladamente nos muestran paso a paso, hora a día, las vicisitudes que el poeta tuvo que pasar para encontrarse y cumplir su hermosa misión aquí en la tierra y en la literatura.
Una vez le escribí quejándome de la indiferencia de algunos poetas mexicanos hacia diversos temas o quejándome sobre la corrupción de ciertos poetas, él me contestó: “La poesía si verdadera se paga. Platica más con los poetas muertos que con los vivos.”
Dormí junto a los cuadernos forrados de negro en donde escribía su diario. Los originales que cargaba de un lado a otro, de un país a otro, de un estado de ánimo a otra visión. Hasta que por fin se instaló en Thézy: “Vivo en Francia desde hace mucho tiempo. En París, ya lo sabéis por el Diario. De París me trasladé a la capital de Picardía, Amiens desde 1967 y con Laura mi compañera, pintora, desde 1972. Vivimos desde 1990 en una aldea llamada Thézy-Glimont a 13 km de Amiens en casa propia.”
Cádiz, Madrid, París, Perú, Amiens, vieron ir y venir al poeta en alegre y a veces trágico, desde la visión poética, periplo. Lo constante era su poesía, su sino, su genialidad jocosa. Su amor por los amigos, siempre rodeado de amigos y gente que le quiere. Y él a su vez queriéndolos a todos. Como el mar abraza, como la tierra recibe, como el cielo dignifica la claridad de la frente. Carlos Edmundo de Ory era un mundo de entrega. En lo personal pasear por entre las tumbas y jugar a decir palabras serias, alegres, apesadumbradas, luminosas, fue una lección de vida y de literatura. Jugar para saborear el lenguaje. La bella pronunciación de las cosas junto a un demiurgo.
Con Carlos y Laura compartimos libros, poemas, viajes, collages, e intercambiamos visiones, gustos, sueños, palabras. En el 2004 comenzamos un diálogo que Carlos llamó, en uno de sus mensajes, diálogo peregrino. Y eso es nuestra larga plática. Un diálogo peregrino. Que afortunadamente continúa. Seguimos conversando: Laura, Carlos y yo. Continuamos con el ir y venir del mensaje, de poemas, de pulsaciones que imagino, compartirán los muchos otros lectores. Quien se acerque a su obra comenzará, como yo lo hice en algún momento, a conversar con este bello poeta. Poeta humanamente humano que me sonrió un día y que no ha dejado de hacerlo. Poeta que me abrió su casa, su poesía y su corazón. Que me presentó a mí mismo como poeta, que me enseñó que siempre se puede mostrar uno de muchas formas pero que sólo se puede ser uno mismo de una sola manera: Fiel a la pulsación creativa, fiel al poema.
Carlos y Laura escribieron: Sabed, ojos míos, ajos míos, hijos míos, que Karl Borromäus y Laura de Noves, novios diarios y nocturnos, paganos de la luna y el sol y el arco iris, os quieren
mucho
mecha
macho

y esperan que nos veamos el día siempre pensado

Carlos y Laura


Marco Fonz
Marzo, 2011, México

lunes, 17 de octubre de 2011

Celebración y canto para Cromwell Castillo, poeta de la "Estética de las revelaciones"

NUEVA PUBLICACIÓN DE CASCAHUESOS EDITORES: “ESTÉTICA DE LAS REVELACIONES” DEL POETA PERUANO CROMWELL CASTILLO

Tenemos el agrado de anunciar la publicación de Estética de las revelaciones del poeta peruano Cromwell Castillo. Se trata del primer libro de uno de los poetas más interesantes aparecidos a inicios de este siglo, pues anteriormente sólo había publicado en edición conjunta con el grupo Signos de Lambayeque. Esta primera publicación viene acompañada de tres sendos comentarios: César Eduardo Carrión nos dice que en el libro “habita una voz grave que testimonia el transcurso por el mundo de alguien cuya mirada penetra paulatinamente en la Naturaleza. Pero esta poesía no se deja abatir por la dictadura de las evidencias, no se trata de una estética realista. Ante todo, su Realidad está constituida por el decurso de un lenguaje simbólico, el hallazgo de una voz imaginaria”; José Donayre Hoefken anuncia que “el mundo visible, en manos de Cromwell Castillo, se podría resumir en la vieja teoría de los cuatro elementos, que explicaban poéticamente una cosmovisión. Pero este poeta, a través de su Estética de las revelaciones, al igual que el sabio Empédocles, enraíza su interpretación de la realidad a partir de dos pulsiones que marcan cadenciosamente el ritmo de sus descubrimientos y asombros”; y Marco Fonz sentencia que es “una buena forma de mostrar a los viejos elementos, que parecían ya no tener nada qué decir. Versos afortunados de tener a Cromwell Castillo como poeta e interlocutor de esas bellas imágenes”. Cabe precisar que este libro será presentado en el marco de la Feria Internacional del Libro de Quito. Aquí un adelanto del libro:
4
La noche nos absorbe como guarida prehistórica. Energía expansiva que cierra párpados rebelando distancia. Éxodo de luna reflejada en el fango:

Cuarto menguante —canto bastardo— / luna llena —atributo deforme—.
Creciente júbilo donde nadie danza alrededor de árboles milenarios.
Savia nueva que sella bocas y caminos donde nadie espera escapatoria.

El cuerpo sostiene con el filo de la duda una cabeza cercenada hace mucho. Sólo extremidades nos otorgan la ventaja de perdernos, escudriñar en el mismo fango la sequedad del tiempo.

Oh, tierra; oh, aullido de la dación ocasional.

[Sacudir tu corteza no es desvanecerme para saber que penetro una escritura improbable.
Florecer en ti es columpiar mi locura en alambres de púas: Retorno a la fe de los desposeídos].


SOBRE EL AUTOR:
Cromwell Castillo nació en Lambayeque-Perú, en 1981. Es miembro fundador del Grupo Literario Signos. Como artista plástico es representante de “El espacio del arte: Galería de arte contemporáneo”, en Lambayeque. Es autor de Agua y Transfiguración o el sonido —libros incluidos en Signos (Chiclayo, 2007)—, ¿Dónde acaso es camino? —incluido en libro Demolición de los reinos (Lima, 2010)—, y la plaqueta Fuego (Arica, 2010). Forma parte de la Colección de Nueva Poesía Peruana Cuervo Iluminado (Pájaros en los cables editores. Lima, 2010). Trabajos suyos han sido publicados en revistas impresas y virtuales de Perú, Venezuela, Chile, Argentina, Colombia, México, Brasil, Estados Unidos, España y Francia. Dirige el blog Gambito de rey.

jueves, 6 de octubre de 2011

Testimonios sobre Marcos Kurtycz




Conversación con Patricia Sloane
A Marcos le encantaba alterar el orden. La primera vez que nos vimos fue en casa de Fernando Ortiz Monasterio y de Rosalba Garza. Marcos hizo un performance en el jardín. Le encantaba la idea de épater le bourgeois. Has de cuenta que en vez de invitar al mago, Marcos era el entertainer de la fiesta. Siempre con un discurso subversivo, y claro, con el riesgo de incendiar la casa con todo e invitados. Eso ocurrió a finales de los setenta pero mi verdadera relación con él fue posterior. Yo tenía la galería Sloane-Racota y hay que reconocerlo, estábamos dominadas por las ideas estéticas de Alberto Gironella, pareja de Sanda, mi socia, ideas que no comulgaban en lo más mínimo con las de Kurtycz. Cuando Sanda dejó la galería fue cuando Marcos se acercó más al espacio debido a su amistad con Rosalba, mi nueva socia. Ni por asomo lo hacía para ser representado por la galería o cosa por el estilo.

Me impacta la ignorancia en que estábamos sumidos en el país. Fernando Gamboa era el gurú. El INBA dominaba con su discurso oficial. Por otro lado, existía el grupo de “los rupturos”. Era, en su conjunto, un mundo que no hacía contacto con el exterior. México, en este terreno, era una burbuja auto referente y desconectada del resto del planeta. Lo que vino a romper ese estado de cosas fue, en cierta medida, la revista Artes visuales que hacía Carla Stellweg. Ella nos descubrió una serie de eventos artísticos en Nueva York o en centros europeos que nos abrieron los ojos para darnos cuenta que había todo un mundo más allá de las ideas de Fernando Gamboa.
Marcos Kurtycz en todo ese contexto fue un precursor. La artista cubana Ana Mendieta, por ejemplo, ya había estado en México pero pasó de noche. El gran crítico era Juan García Ponce, limitado en su gusto (como cualquier crítico) volcado en atender a nueve pintores a quienes seguía en todo. Me refiero a los integrantes de “la ruptura”.
Una galería que quisiera vender jamás promovía prácticas alternativas o callejeras. Los espacios eran mínimos. Recuerdo que un día Marcos Kurtycz se les presentó en una inauguración a las Pecanins. Llegó con uno de sus desplantes habituales y ellas sintieron que les había estropeado su fiesta. Nunca lo vieron con ojos de artista. Su propuesta no era parte de un mundo “aceptable”. Había algunos creadores como Gurrola o Jodorowsky que habían irrumpido en el orden impuesto por Bellas Artes. Eran iconoclastas de hueso colorado y por eso no entraban en el mundillo de los artistas que giraban alrededor del discurso del tipo “cuidemos nuestro patrimonio” Artistas como Marcos Kurtycz eran totalmente marginales, indignos de voltearse a ver según los cánones nacionales. México casi no participaba del arte universal. Algunos artistas menos convencionales fueron atomizados por Bellas Artes. Por ejemplo, Maris Bustamante, Ricardo Rocha, Felipe Ehrenberg y ¡hasta Sebastián!
Por ese entonces Marcos llegó a México pero no interactuaba con ellos.

El discurso de Marcos tenía una carga política en Polonia, aquí no. Durante años estuvo de clandestino, sin papeles, no podía hacerse muy visible. Cerca del 83 o del 84 a raíz de mi propio instinto y de ver, de escuchar, entendí que Marcos era un iconoclasta distinto. Hizo tres eventos de performance en la galería. Nosotros ofrecíamos algo que quizás él no tenía en ese momento: una credibilidad (que habíamos construido a través de otros artistas). Y él venía a hacer lo que le daba la gana. Era un tipo muy informado, muy obsesivo y sí, tenía su vanidad. Para ser performancero hay que tenerla. La esencia de Kurtycz no era ser un artista formal ni un hombre de teatro, sino romper moldes, levantar cuestionamientos, obligar a la reflexión.

La parte de la invención jamás tuvo el móvil del dinero. Era un tipo muy privado, no se dejaba seducir por el poder. Las relaciones las establecía él porque le interesaban y era hábil y sabio para hacerlo, un hombre absolutamente seductor. El te escogía.

Ahora Marcos Kurtycz es un ser mítico para las nuevas generaciones. Poca gente lo conoció porque Marcos no iba a los reventones ni a las inauguraciones (a no ser que fuera a presentarse con alguno de sus performances. ¿Sabes qué más tenía Kurtycz? Una tesis acerca de la comunicación. Sabía cómo mandar un mensaje, cómo asegurarse de que lo recibieras, eso es una parte fundamental de su obra. Al ver sus envíos, a pesar de ser invasivo, no podías resistirte a abrir ese mensaje. Otros artistas hacen lo mismo con la cámara: irrumpen en tu intimidad, eso es algo que literalmente Marcos lograba valiéndose del cartero y del servicio de correos.

En alguna ocasión yo le debía dinero y no lograba juntar para pagarle. El jamás te llamaba para eso. Sólo se aparecía. Su forma de irrumpir era muy peculiar, como un auténtico felino, sin hacer ruido, con cautela, nunca lo escuchabas llegar. Ese día llevó su hacha a la galería y se sentó frente a mi escritorio sin decir palabra. Yo, en cambio, hablaba sin parar, explicándole más de la cuenta mis motivos y justificaciones. El seguía sin emitir sonido y yo cada vez más intimidada. De pronto alcé el teléfono y hablé al banco para que me prestaran dinero, pero no lo conseguí . Mi angustia era tal que me paré de allí y lo dejé solo con su hacha en mi oficina. Salí a la calle y por suerte me encontré a Carlos Payán que me vio acercarme con mala cara. Pues qué te pasa. Pues tal y tal y fíjate que arriba está Marcos Kurtycz sin moverse.
Me acompañó y sí, en efecto, pudo constatar que seguía sentado con su hacha. El aire podía cortarse con tijeras. Payán tomó el teléfono y pidió al Uno más uno que le llevaran dinero. No recuerdo la cantidad. El caso es que nos quedamos en silencio sepulcral hasta que trajeron el efectivo. Marcos agarró sus cosas y se fue. Llegué a estar harta de Marcos Kurtycz, de su exigencia, de sus demandas, pero nunca era de los que llamaban ocho veces al día, eso jamás. Lo suyo era exigir tu entrega. A cambio había recompensas que te llegaban si eras receptivo a sus propuestas maravillosas.

En una ocasión hizo un performace en la explanada del Museo Tamayo. Se trataba de una obra autobiográfica como mucho de lo suyo. La parte plástica de Kurtycz pertenece a una iconografía exterior. Por ejemplo, su tipografía, los objetos que fabricaba, el uso del hacha, los sellos y todo aquello que se vincula a su formación gráfica polaca. Luego está el rostro del abuelo que se repite en los impresos. El abuelo judío víctima del nazismo. En el citado performance llegó al bosque de Chapultepec con un carromato como los de los hot-dogs. El carrito se iba desplegando y metafóricamente se expresaba la casa familiar con una mesa que representaba la cocina. Así iba narrando la historia de la familia. En esas estaba cuando comenzó a caer una tormenta. Dejamos de oírlo. En ese momento sacó de algún lugar un pollo desplumado y comenzó a aventar los pedazos a su alrededor. En un performance nunca sabes lo que va a pasar. La sorpresa fue que comenzaron a acercarse las ratas para comerse los pedazos de pollo que él arrojaba mientras nosotros permanecíamos bajo la lluvia. Era de noche y sólo había una luz alumbrando a Marcos y a su carrito. Todo muy teatral. Como él, como su voz, su acento, su forma de seducir a la gente. Su performance de contenido autobiográfico acababa por reflejar la realidad exterior aunque estuviera hablando de la intimidad de su existencia. Y no cualquiera lo logra.
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Conversación con Alejandro Luna
Seguramente conocí a Marcos Kurtycz a través de Ludwig Margules. Y casi desde el primer momento trabajamos juntos.

Recuerdo varias cosas. Por ejemplo, en la obra Lástima que sea puta, se le ocurrió usar un acrílico transparente que puso sobre lo alto de un andamio y allí, sobre esa superficie, trepó a los actores para tomarles fotografías de abajo hacia arriba. Los actores se veían en la imagen flotando en el aire. Sabía colocarse allí, donde nadie más había tenido un punto de vista. Lograba adueñarse de una perspectiva casi imposible. Los actores salían en esa imagen con el vestuario de la obra, responsabilidad de Fiona Alexander. Cada obra de teatro con él era otro experimento. Siempre nos divertíamos haciendo y deshaciendo.

Marcos Kurtycz, antes que cualquier otro, hizo performance en nuestro país. Nadie conocía entonces esos lenguajes, él fue el primero. Después, en el futuro, el tiempo lo alcanzó.

Un día lo llevé a una cena muy formal. El llevaba puesto un saco y en el bolsillo , en vez de pañuelo, un pescado. Una imagen inquietante. Así fue Marcos Kurtycz, con el pescado en el bolsillo y con un hacha en la mano. Saludaba con caravanas, con inclinaciones. Imagínate la escena. Todos en esa cena eran muy propios y se hicieron como que no pasaba nada.

En la ópera Reik’s progress de Igor Stravinsky, con un libreto del poeta W H Auden y cuya puesta en escena estuvo a cargo de Ludwig Margules en 1985, yo me ocupé de la escenografía y Marcos Kurtycz de todo el diseño. El programa de mano, por ejemplo, era un tríptico que al desplegarse se volvía tamaño cartel y era del mismo color que el vestuario. En la puesta, hay un personaje libertino que se casa con la mujer barbada y de allí se nos ocurrió hacer un espacio de hermafroditismo con algunas cosas atroces. En Bellas Artes no les pareció mal, no dijeron nada. Hombres con senos, mujeres con sexo masculino. A Marcos Kurtycz le gustaba hacer escándalo pero, ya te digo, las autoridades no protestaron. En cambio los técnicos sí. La clase obrera es, sin duda, más conservadora. Sus gordas de calendario existen pero en el espacio privado. No en un templo sagrado como el Palacio de Bellas Artes.

Por otro lado, Marcos era muy serio en todo. En el arte, en su trabajo cotidiano. Además fue un inventor de técnicas. Por esa época me regaló unas litografías pero hechas con transfers y con fotos.
En otro sentido, era un romántico a lo Baudelaire o a lo Rimbaud. A veces un dadaísta, un iconoclasta que se dedicaba con devoción a producir imágenes. Y, ya lo dije, un precursor.

El había estado en Cuba como ingeniero electrónico. Marcos era un misterioso adrede, no te contaba toda la historia, ni esa ni otras. Supongo que en algunos aspectos llegó a México atemorizado. No tenía experiencias previas de vida en el capitalismo. Fue construyendo su personaje y lo ejerció como diseñador gráfico y como artista. El sabía de tintas, de imprenta. Mira, para el cartel de la obra Severa vigilancia, usó en vez de papel couché un cartón mina gris de aspecto muy burdo. Sabía lo que uno espera de las cosas e irse por otro lado y sorprenderte. Por cierto, en esa obra fue actor.

En De la vida de las marionetas quería tomar una huella corporal de cada uno de los actores para imprimirla, con sellos de goma, en el programa de mano. Aparecía, por ejemplo, mi mordida. De otros, se podía distinguir una boca, un seno, un puño, unas manos, unos dedos. Resultaba bastante extraño y al mismo tiempo esas huellas establecían un vínculo metafórico con la obra de Bergman, también dirigida por Margules.

Kurtycz estuvo conmigo cuando yo trabajé con Gurrola. Por ejemplo, para el estreno del Teatro Juan Ruiz de Alarcón, él hizo el cartel. En otras palabras, si yo hacía la escenografía, Marcos estaba conmigo y así fue desde que llegó, desde que nos conocimos. La obra con la que se estrenó el Teatro fue La prueba de las promesas del propio Juan Ruiz de Alarcón. Nos dieron un mes para poner la obra. ¡Una locura! Para asuntos de escenografía lo más español que encontramos fue el jaialai. En la primera escena salía un chango, el actor Óscar Yoldi se le veía por momentos sin calzones. En fin, nos clausuraron al mes. El cartel de Marcos era muy acorde con todo ese espíritu. Allí aparecía un Ruiz de Alarcón parecido a Hugo Gutiérrez Vega, director en ese entonces de Difusión Cultural. Cuando decidieron suspender la obra, también suspendieron a Gutiérrez Vega de esa responsabilidad.


Hicimos también algo raro. ¿Recuerdas el Instituto de Comercio Exterior que promovía a México para sus exportaciones? Bueno, nos encargaron un documental pero en realidad era más bien un comercialote. Discutimos si lo hacíamos o no. Sonaba aburridísimo. Lo que podíamos exportar eran telas, motocicletas, canicas, tubos, pintura tipo Comex, electrónica...Las empresas felices de poder promover sus productos. De modo que, cuando aceptamos, podíamos decir “mándenos un millón de globos, o un millón de canicas” Nos divertíamos mucho pero antes, claro, pusimos nuestras condiciones: usar el objeto fuera de su contexto tradicional. Por ejemplo, había tubos de cobre. No íbamos a enseñar en el documental para qué sirven los tubos, ¿verdad? Entonces nos pusimos a hacer esculturas gigantescas o a construir un instrumento musical. Luego, para el anuncio de telas llamamos a unas modelos guapísimas. Yo sabía más de cine y a Marcos se le ocurrían las ideas más locas. El anuncio de la pintura, por ejemplo, en vez de estar aplicada sobre un muro, Marcos la comenzó a derramar sobre un bastidor. Primero echaba el amarillo, luego el azul y así hasta que se formaba un cuadro. Es la serie más larga, enciclopédica sobre comerciales que puedas imaginarte. En una ocasión pedimos permiso para treparnos al techo del Palacio de los Deportes. Las modelos subían con nosotros. Llevábamos grúas. La serie se llamaba “México exporta”

En Polonia, y eso lo traía Marcos en la sangre, existe una tradición distinta a la nuestra. Un diseñador está más ligado a la pintura, a la plástica. Lo mismo hacen escenografía, vestuario, cartel. En México no existe esa costumbre. Marcos Kurtycz abarcó, como el artista que fue, distintos registros y todos con una inventiva y un sello inconfundible.
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Conversación con Helen Escobedo
Marcos Kurtycz era un hombre agresivo, desafiante pero también cariñoso. Después de ser un mandón y de irrumpir, por ejemplo, con un hacha, podía salirte con una sonrisa abierta, maravillosa.
Me sentí entusiasmada cuando lo encontré en la Casa del Lago. Me impresionó lo que hacía con su público. Recuerdo haber subido la mirada porque él estaba arriba de un árbol. Traía ¿cómo explicarlo? unos cinchos de paracaidista. Le colgaban unas bolsitas del cuerpo que uno no identificaba del todo. Después te dabas cuenta que esas bolsitas eran de tinta. Llegado el momento las perfora para escurrirse y chorrearse de arriba abajo. Hecho un asco se quita el equipo y no me acuerdo si se mete al lago en cueros o si sólo en paños menores. Ahí, en el lago, se limpia. Por supuesto, había elegido unas tintas que no dañaran las aguas.
Marcos Kurtycz fue un precursor de esos lenguajes. Un día en el Museo de Arte Moderno, después de haber tenido muchas conversaciones de proyectos en común que nunca aterrizamos, llegó hecho una furia. Yo estaba apenas hallando mi lugar, enterándome de lo que había qué hacer, era nueva en la dirección del Museo.
El irrumpe en mi oficina y pega un manazo en mi escritorio. “Te voy a bombardear”-me dice. “Un año entero, los 365 días”. Dicho esto se da la media vuelta, pega un portazo y se va.
Al día siguiente recibí la primera llamada “carta bomba” al Museo de Arte Moderno. Eso significa que no la mandó por correo postal como la mayoría de las subsecuentes que envió, religiosamente, durante un año completito. Muchas llegaron a mi casa de San Jerónimo. No exagero. Una cada día. Sin fallar. El cartero veía aquellos sobres con sellos y cosas y seguramente pensaba que era la correspondencia de un amante. “¿Qué, seño....ya le llegó otra cartita?”
A veces no tenía tiempo ni para abrirlas, se me iban apilando. El temperamento de las cartas-bomba era variado: a veces poéticas, a veces rabiosas, a veces grotescas: nunca sencillas. El sobre podía venir plano o así de choncho, en tal caso sabía que el papel traería un sinfín de dobleces. Con decirte que una de las serpientes enviadas, de puro papel doblado, mediría, no sé, unos dos metros.
Te confieso que no sabía qué hacer. Si darle las gracias, si contestarle, si iniciar un diálogo a partir de sus bombardeos: decidí no hacer nada.
Algunas de las que llegaban al Museo las apilaba en una caja de cartón y apenas me las devolvieron hace algunos años. Al salir del Museo olvidé sacar esa caja de allí. Como te digo, fueron tantas, nunca falló, ni un solo día siquiera...

Marcos había iniciado una relación conmigo tiempo atrás, en los años en que dirigí el Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA). Creo haber entendido lo que él se proponía hacer e igualmente sé que él se vinculaba con mis propuestas. De alguna manera me convertí en un factor de empuje para su tremenda creatividad o al menos para esa en específico. Déjame decirte que él jamás se atrasó en el envío de sus bombas. A veces creo que cuando se ponía a fabricar esas cartas hacía varias a la vez. No lo sé, pero a mí jamás me llegaron dos juntas, hecho que hablaba bien del correo postal mexicano, años antes del ciberespacio.

Un día en el MAM estábamos en plena inauguración. Presentábamos diversos libros de artista. De repente se acerca el guardia y me dice: “Maestra, llegó un loco con un hacha”
-“Déjelo pasar”. Yo sabía que era él. Entró con su overol color blanco cargando su hachota al hombro. En el otro brazo llevaba una caja grande de madera. Así entró gesticulando y murmurando quién sabe cuánta cosa. De pronto, en una esquina, deja caer su cargamento con un ruido seco. Lógicamente nos atrapó. Comienza así a desplegar su objeto: saca el poste de una silla como si fuera una pata. Una parte de la caja la convierte en el asiento y él, por la postura que toma, se convierte en silla. Por el respaldo se asoman sus ojos (porque él queda detrás). La silla, por decirlo de alguna manera, está amarrada a su cuerpo. En esa posición comienza a llamarle al guardián con señas de “siéntese, cabrón, si no lo voy a aplastar”. Finalmente alguien más se sienta en sus “rodillas-silla”, creo que fue Macotela, no estoy segura, Luego ensayan otros y otros más. Por ahí andaba su nena de unos cinco años. En eso se le acerca un reportero y le hace la clásica pregunta de -maestro Kurtycz, usted ¿qué está representando?” Silencio. -Mire, es una entrevista para el diario... No obtiene respuesta. -Señor Kurtycz, lo estoy grabando. Y así sigue y sigue intentando lo imposible hasta que Marcos jala a la niña del vestidito y quizá le dice algo al oído o quizá ella por sí misma, no me acuerdo bien, le responde al periodista de modo contundente ay. pero ¿qué no ve que las sillas no hablan?”. Dicho esto, Marcos recogió y dobló sus cosas y se fue sin decir palabra. El público quedó encantado y el reportero como chancla.

Años más tarde yo puse una instalación en Chapultepec. Eran 100 metros de un camino de basura, allí, donde caminan los paseantes del parque. La basura estaba recién pintada de negro para que se viera quemada.
Estaba a punto de inaugurar cuando veo a un tipo en estado lamentable, sentado en la basura misma. Llevaba un sombrero gris, tejido. Me le acerqué a pedirle que se moviera. No se inmutaba ni me respondía. “Lo voy a tener que sacar, señor, estamos por inaugurar”. Me acerqué aún más cuando este hombre volteó para enseñarme la otra mitad de su cara. Estaba con vendajes en el cuello. ¡Eres Marcos! ¿qué haces aquí? Salte inmediatamente. Esto te va a hacer daño, te vas a infectar, ¿qué no ves que es basura? Lo acababan de operar de un tumor en el cerebro. Se levantó erguido, sin mirarme. Traía una pancarta en defensa del bosque y comenzó a repartir tarjetas de “cuidemos el bosque” o algo parecido. Hizo su performance y se fue, como siempre, sin decir palabra. Alguna vez le comenté a Ana, su mujer, que después de su operación, Marcos parecía más sereno. Me daba la impresión que era más fácil hablar con él. Ella me dijo que no. Sea lo que fuere, Kurtycz creó una dinámica muy particular, le llegaba mucho a los chavos: a los de mi generación, no tanto. Yo fui testigo de cómo inspiraba a artistas más jóvenes, en cambio los mayores no entendían su aparente violencia. Adoraba trabajar con fuego, por ejemplo. Marcos era un artista fuera de convenciones tanto como diseñador, performancero y seguidor de su propia pasión y energía.

A veces me imaginaba que su casa era un tilichero y así se lo expresé alguna vez a su mujer. Eso era fácil de deducir al ver los collages, lo que iba juntando para sus obras, para sus cartas-bomba. Podía imaginar todo lo que guardaba en su casa. Supe que tenía hasta serpientes.

Marcos Kurtycz no fue acogido por instituciones, simplemente porque no les interesaba. No fue comprendido en su momento. Su público era acotado: gente joven. Sus seguidores eran setenta, cien personas. Era en toda forma, un maravilloso artista de culto con una ética inquebrantable.

Alguna vez, un artista conocido, contemporáneo suyo, llegó a la Tate de Londres enfundado en una máscara. El guardia lo paró y le dijo que así no podía entrar. El artista pidió hablar con el director. -Dígale que llevo esta máscara porque tengo la cara quemada- le dijo para lograr su cometido. Eso es algo que Marcos Kurtycz jamás hubiera hecho, ¿me explico?


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Conversación con Flora Botton
Marcos, más polaco que el vodka, conoció a Mercedes, su primera mujer, en Cuba. De allí se regresó a Polonia y ya después se vino a México. Hablaba algo de español por su estancia en La Habana. Tenía un talento brutal para las lenguas. Aprendió a escribir más que correctamente inglés y desde luego español. Lo conocí en el Centro Deportivo Israelita, lugar que ninguno de los dos solía frecuentar. Estábamos haciendo un disco LP con textos del Popol Vuh y Marcos iba a diseñar la portada. Te hablo de 1973. La grabación se prolongó muchísimo y salimos muy de madrugada. No me acuerdo qué pasó pero volvimos a vernos. Supongo que me pidió mi teléfono a algo así. Enseguida descubrimos amigos en común, a Ludwig Margules por ejemplo y a tantos más que hasta nos parecía extraño por qué tardamos tanto en conocernos. Me enamoré perdidamente de él, tanto así que al mes ya vivíamos juntos. Nos pusimos a buscar una casa todos los días y la encontramos en San Ángel por pura casualidad. Había un letrero miniatura que decía “se renta”. Al entrar a conocerla supimos que nos íbamos a quedar en esa casa y así fue durante los cinco años que fuimos pareja.
Marcos Kurtycz era distinto a todas las personas que yo conocía: decidido, arbitrario y sobre todo con una creatividad desatada, enloquecida. Era un remolino, no paraba ni un segundo.
Antes de mudarnos, Marcos fue a visitarme al departamento de la colonia Condesa donde yo vivía. Llegó con Anna, su hija de tres años. Todavía recuerdo el impacto de su presencia.
Anna es mi hija y la hija de su madre. Sus hijos son mis nietos y en cualquiera de los destinos donde ha vivido yo la he ido a ver. Soy su segunda mamá y ella mi única hija.
De Marcos me cuesta trabajo hablar. Lo quise muchísimo y siempre nos seguimos viendo. El fue parte esencial de mi familia aunque ya no éramos pareja. Recuerdo cuando se murió mi perro. Marcos vino por él y se lo llevó a enterrar. Una vez una rata se metió a mi casa ¿y a quién le hablé? ¿ a los fumigadores? No, a Marcos. Alguna vez choqué y Marcos me dejó su coche. Marcos por allí y por acá. Sin embargo, como pareja fuimos un desastre. A cada rato movía los muebles porque siempre necesitaba disponer del espacio para sus cosas. Como huracán y torbellino era tremendamente invasivo, pero también puedo asegurarte que así, con intención, nunca le hizo daño a nadie. Podría llevarte entre las patas pero no con ganas de fastidiar. Durante el tiempo que vivimos juntos por suerte no tuvo su época de las víboras porque yo les tengo fobia. Aunque cada quien hacía sus cosas yo solía involucrarme en sus proyectos. Sacaba fotos, le ayudaba a documentar sus happenings y en alguno que otro proyecto sí participé activamente. ¿Recuerdas el Cine París allá en Paseo de la Reforma? A la salida del cine Marcos instaló un escritorio pequeñito con su silla y una máquina de escribir Lettera 22. Yo me senté de frente al camellón y comencé a escribir muy concentrada. La gente se acercaba a ver qué estaba yo haciendo mientras Marcos tomaba fotos del suceso. Si me preguntaban qué hace usted, yo escribía qué hace usted, si me preguntaban si trabajaba en una oficina escribía tal cual la misma pregunta. En este mundo tan ordenadito, tan lleno de reglas, someterse al torbellino Marcos Kurtycz era algo extraordinario. El final de nuestra vida en pareja fue catastrófico, típico de cuando la gente se quiere pero ya no puede estar junta. Siempre mantuvimos un punto de unión en parte gracias a Anna. Y todos, hasta la mamá de Anna, querían que yo la siguiera frecuentando.
En nuestra forma de vivir siempre Marcos hacía maravillas. recuerdo un domingo que estaba lloviendo. Teníamos el lavadero afuera. De pronto Marcos salió y al regresar se trajo unas vigas de aluminio y hojas acanaladas de fibra y le construyó al lavadero un techo. Necesitábamos una estufa porque la cocina sólo tenía quemadores. El horno costaba más que la estufa. Ambos teníamos vochos, así que lo cargamos en el coche de mi mamá porque era más grande. En un rato quedó resuelto el asunto porque para él resolver ese tipo de asuntos era pan comido. A cambio, todo giraba en esa casa, todo perdía su lugar, todo tenía un carácter portátil. Yo sabía muy bien que estaba viviendo con un artista de gran vigor. No había duda. Los dos trabajábamos para el Fondo de Cultura Económica. Cuando me invitaron a colaborar allá, pedí una licencia en la UNAM y entré a dirigir unas colecciones literarias. Salíamos de casa juntos y, eso sí, cada quien llegaba a otro edificio. El tenía un espacio para preparar y diseñar unas colecciones. Digamos que Marcos hacía para el Fondo un trabajo libre, sin horarios pero que le llevaba todo el día. Nos encontrábamos para cenar.

Marcos era menos amiguero de lo que parecía. Mucha gente lo consideraba un gran amigo pero no siempre eran correspondidos. De quien fue íntimo, sin duda, fue de Ludwig Margules. Hablaban mucho de Polonia, de los artistas polacos, de la forma en que cambió la realidad de su país y de las condiciones de trabajo para los artistas. Ludwig, de origen judío, le hacía bromas porque la madre de Marcos también lo fue pero se convirtió para casarse con el padre de Marcos. Se apellidaba Tiefenbrunner. A Marcos no le gustaba que lo relacionaran con ninguna religión. Yo le hacía bromas de que seguro había sido monaguillo y que Woytila le había dado clases en Cracovia.

En una ocasión hicimos un viaje extraordinario a la sierra entre Jalisco y Nayarit, a un pueblo huichol que se llama San Andrés Cohamiata, un sitio incomunicado. Fuimos con un poeta portugués amigo de Marcos muy neuras, lleno de pastillas para los nervios, para dormir, para despertar... Ese pueblo no tenía ni tiendita Consaupo. Las provisiones llegaban por avioneta. Puedes imaginar que el lugar era apartado y solitario. En ese escenario nos ofrecieron probar peyote y resultó una experiencia extraordinaria. Podíamos tocar con los ojos, el oído estaba tan sensible que era capaz de percibir el roce de tu pie contra la hierba. Esto en cuanto a Marcos y a mí, porque el portugués tuvo un viaje malísimo. Esos días fuera de la civilización, en que absorbíamos todo, fueron un regalo. Recuerdo que en pleno viaje de peyote pasamos al borde de una barranca altísima como de 500 metros. Abajo había un pueblo que estaba en fiesta. Marcos, aún en ese momento, sacaba y sacaba fotografías. Como te digo, pasara lo que pasara él nunca dejaba de maquinar.

Marcos Kurtycz se casó dos veces. La primera con Mercedes Escamilla y la segunda con Ana García Kobeh. Con ambas tuvo una hija, Anna y Alejandra. Curiosamente yo estoy muy cerca de todas ellas.
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Conversaciones con Marcos Kurtycz - Ana García Kobeh
Un día cuando trabajaba en el Foro de Arte Contemporáneo a finales de los setenta, allá en la calle del Oro cerca de La Cibeles, entró un sujeto extraño. Yo estaba en el segundo piso flanqueada por Arnold Belkin y Enrique Bostelman. El señor en cuestión vestía todo de azul ,estaba rapado y tampoco tenía cejas. Los zapatos y el cinturón estaban pintados y la camisa y el pantalón eran del mismo tono. O sea: todo azul. “¿Y ese quién es?” le pregunté a Bostelman. “Ese es puto” me contestó sin siquiera voltearme a ver. En realidad Bostelman lo conocía y lo apreciaba. De ahí la broma. Habían hecho juntos el libro de Ciudad Sahagún (que, dicho sea de paso, se ha vuelto un ejemplar difícil de conseguir).
Yo tendría entonces unos 27 años. Cuando Bostelman y Belkin se fueron de la galería me senté en el escritorio a sacar mis pendientes de trabajo. El tipo extraño se acercó, sacó de la bolsa de su camisa un libro dorado. –Ábrelo- me dijo. En las primeras hojas aparecía el dibujo de un tigre. En ese momento él le trazó arriba de las orejas un globo de esos que llevan los comics y escribió mi nombre . Volteó a verme y me dijo “el tigre piensa en ti”. Así entró en mi vida Marcos Kurtycz.

No puedo negar que enloquecí. Quedé tocada por su voz, su presencia. Me invitó a comer y allí empezó un vínculo que transformó mi vida. Duré poco en esa chamba porque durante una acción que se llamó “Muertos en el foro”, Marcos hizo una especie de “sacrificio”. La alfombra se quemó por el ácido fluorhídrico que usaba en el performance. Ese mismo día me corrieron.

Nos casamos bajo el rito maronita. Durante años me dediqué a trabajar con él en todo. Marcos tenía una vida particularmente activa en el mundo editorial, ya sea en el teatro universitario donde se encargaba del diseño y la producción de todos los programas y carteles, como en la hechura de libros. Recuerdo, por ejemplo, el cartel que sirvió para inaugurar el Teatro Juan Ruiz de Alarcón o para la obra Lástima que sea puta. En el ámbito del teatro siempre hizo equipo con Juan José Gurrola, Alejandro Luna y Ludwig Margules, pero también fue el diseñador de las obras de Manolo Fábregas. “Es mi ganapan” solía decir. Su colaboración con editoriales era amplia. Diseñó, por ejemplo, el logo de Nueva Imagen o el que hasta la fecha sigue usando Editorial Diana. Era alguien que siempre tenía las manos ocupadas y la cabeza no dejaba de girarle a toda hora. Mientras hacía el diseño de un libro, simultáneamente hacía un proyecto personal. Poco a poco lo segundo fue ganando terreno. Solía distinguir con bastante claridad la chamba del trabajo y no tenía duda respecto de las jerarquías de ambas actividades.
Paralelamente a su chamba, comenzó a producir acciones, libros de artista (hubo una temporada en la que se propuso hacer un libro diario), instalaciones. En este rubro yo estuve muy involucrada con él. Es decir, entre el 79 y el 82 el cien por ciento de mi tiempo estuve metida con esos proyectos, registraba los hechos o le ayudaba en sus acciones callejeras.
En 1980, por ejemplo, se hizo un performance patrocinado por el CREA y Canal Once que tenía un matiz lúdico. Lo digo porque la mayoría de sus acciones se recuerda más bien con un carácter estridente, ¿me explico?
En esa ocasión, detrás de un panel, cortó dos huecos, sacó los brazos y con una pluma gruesa dibujó un retrato a ciegas. Esas dos manos era lo único que estaba a la vista del público. A partir de esto, Marcos retomó el leit motiv que apareció en otras acciones. Me refiero a su infancia como polaco en la guerra y a la forma en que eso cimbró su vida. En una autobiografía escribió solamente diez líneas y la primera decía: “mi primera experiencia fue la Segunda Guerra Mundial”. Muchos de sus libros de artista remitían a su familia polaca. La rama paterna de su familia era de comerciantes de caballos y la imagen del abuelo con sombrero y traje oscuro fue muy recreada en distintas piezas.

En la vida cotidiana, durante todos los años que vivimos en pareja, permeaba siempre esa actitud de acción, las 24 horas del día. La casa y el taller estaban juntos. No había una línea divisoria que marcara dónde empezaba y terminaba esa frontera. Quienes nos visitaron durante todos esos años, recordarán las charolas que preparaba Marcos. Siempre eran una propuesta estética en la que juntaba objetos disímbolos. Traía el té y el azúcar pero con trastos ilógicos, siempre en torno a una composición. Ah. Y el té, claro, como buen polaco, servido en vaso, nunca en taza.

Nuestra hija nació en 1982. Durante sus primeras fiestas de cumpleaños, Marcos desplegaba sus mejores trucos, en ocasiones excesivos. Una vez llenó la piñata de explosivos y los niños de la fiesta lloraron de susto. En otra fiesta se subió a una antena de una altura indescriptible Puso a volar unas tiras tratadas químicamente. A la hora de colocarles un cigarro encendido, el papel se comenzó a quemar de tal forma que comenzaron a salir palomas desprendidas del papel. Era impresionante verlas volar desde lo alto. Yo casi me muero de verlo trepado a esa distancia.

Para hacer su trabajo, Marcos Kurtycz juntaba todo. Por eso nuestra casa era como la residencia de un pepenador. Imagínate, para hacer un libro diario traía, por ejemplo. todos los residuos de la imprenta. Jamás llegaba a casa con las manos vacías. Teníamos cajas de fibra para tallar los trastes, láminas de unicel, moldes de madera de una antigua fábrica de piezas para ferrocarril, miles de metros de fibra de vidrio y todo el material impreso del cual podía echar mano. Iba al centro y conseguía viejas libretas de contabilidad, hojas sueltas de libros antiguos, papeles raros, estampitas alemanas, estampitas religiosas. Más adelante comenzó la verdadera fauna: una tarántula, una viborita y después una serpiente de dos metros de largo. Vivíamos los tres rodeados de toda esa lluvia simultánea, así que en medio de todo ese caos creativo yo tenía que hacer funcionar el hecho vulgar, simple y cotidiano de comer tres veces al día.

No sé en qué año me compré un mueble precioso de principios de siglo. Aún lo conservo. Una noche cuando llegué, Marcos le había serruchado el fondo porque pensaba hacerle a la niña un teatrino.
Para fabricar sus máscaras, con frecuencia usaba mis cosas. Un día encontré una moneda griega que me había regalado una amiga, una cartera y cosas así. También deshizo un cinturón nuevecito y aprovechó la hebilla para fabricarme un collar. Tenía esa manía de transformar las cosas.

Una amiga de mi hija se quedó a dormir. Marcos quitó todos los libros y objetos del librero y colocó a las niñas acostaditas en los entrepaños para hacer una serie de fotos que hoy forman parte del archivo.
Para él la vida y la obra eran lo mismo, siempre permanecían enlazadas. Por eso se explica la presencia de todos esos elementos de acción en su vida cotidiana, en su vida familiar, de amistad o de trabajo.

Ese mismo principio estaba presente el día que lo conocí cuando se sacó de la camisa aquel libro dorado que hizo por ahí de los años setenta junto con su hija Anna. Fui testigo varias otras veces del mismo acto, como quien da una tarjeta de presentación. Cualquier persona que tenga el libro recordará esa frase tantas veces dicha y repetida: “el tigre piensa en ti”.
La vida y la obra de Marcos Kurtycz fueron eso: una misma línea de acción.